Colombia llega a 2026 con una economía resiliente, pero con señales claras de desgaste. En 2025 el crecimiento fue de 2,6 %, por debajo de lo esperado y del promedio de las últimas dos décadas, de 3,5 %. Detrás de esa cifra hay una historia desigual. Sectores como comercio, administración pública y entretenimiento sostuvieron la actividad y explicaron cerca del 80 % del crecimiento. En contraste, sectores clave para la inversión, como minería y construcción, cayeron 6,2 % y 2,8 %, respectivamente.
El consumo volvió a ser el principal motor. La demanda interna creció 3,9 %, impulsada por el gasto de los hogares, el cual aumentó 3,6 %, y por el gasto público, que creció 7,1 % y registró su mayor incremento en los últimos ocho años, excluyendo la pandemia. Sin embargo, la inversión sigue siendo el gran rezago. Aunque avanzó 1,3 %, la tasa de inversión se mantiene en 16 % del producto interno bruto (PIB), lejos del 22 % observado antes de la pandemia. El rezago en vivienda y edificaciones, que concentran casi la mitad de la inversión, sigue pesando sobre la recuperación.
La tasa de cambio fue uno de los factores que jugó a favor en 2025. El dólar cayó cerca de 15 % en Colombia, impulsado por un dólar global más débil, un amplio diferencial de tasas y las ventas de divisas por parte del Gobierno. A esto se sumó una entrada de $ 14.000 millones de dólares en inversión de portafolio, un máximo desde 2014. Este entorno favoreció el consumo, especialmente de bienes importados como electrodomésticos y tecnología.
Con todo, la inflación será uno de los temas centrales de 2026. El aumento del salario mínimo (SMMLV) en 23 % −el mayor incremento real en cuatro décadas− ya empezó a sentirse. En febrero, la inflación se ubicó en 5,29 %, ligeramente por debajo de enero, en parte por la reducción en los precios de la gasolina. Aun así, las presiones de fondo siguen presentes. Los servicios explicaron más del 55 % del aumento de precios, mientras que rubros sensibles al SMMLV y a la inflación pasada concentraron buena parte de esa dinámica.
El problema es que este tipo de inflación tiende a ser persistente. En una economía donde cerca del 60 % de los precios están indexados a la inflación o al SMMLV, los ajustes no se disipan rápido. Según nuestra expectativa, la inflación para cierre de 2026 se ajustaría desde 4,3 % a 6,2 % en pocos meses. De cumplirse, el país completaría seis años consecutivos por fuera del rango meta del Banco de la República.
En ese contexto, la política monetaria ya empezó a reaccionar. La tasa de interés subió de forma inesperada hasta 10,25 % y todo apunta a que seguirá aumentando. La expectativa es que alcance 11,75 % durante 2026 para contener las presiones inflacionarias. No obstante, el reto no es menor, porque cuando la inflación responde a mecanismos de indexación, su corrección suele ser más lenta y exige un esfuerzo prolongado.
Los hogares también enfrentarán mayores costos de financiamiento y un entorno internacional más incierto. Parte del dinamismo del consumo en 2025 se explicó por factores excepcionales, como el récord de remesas, los cuales superaron los $ 13.000 millones de dólares, incluso por encima de los ingresos petroleros. Pero este flujo podría desacelerarse si se tiene en cuenta que cerca de la mitad proviene de Estados Unidos. Pese a ello, juega a favor que el consumo reciente no ha estado fuertemente apalancado en crédito. Mientras la cartera real creció 2,4 %, el consumo avanzó en una mayor proporción, lo que podría amortiguar parcialmente el impacto de tasas más altas.
Sumado a esto, el panorama cambiario empieza a ajustarse. El dólar ha retomado fuerza global como activo refugio, mientras que las compras de divisas del Gobierno Nacional podrían añadir volatilidad. En cualquier caso, el diferencial de tasas de interés podría mantenerlo en un rango contenido entre 3.700 y 3.850 pesos, aunque no se descartan movimientos por fuera de ese nivel a medida que avance la certidumbre electoral.
Con todo esto, el crecimiento para 2026 se proyecta nuevamente en 2,6 %. Sectores como la construcción y la minería seguirán bajo presión, a lo que se suma el fenómeno de El Niño pronosticado para este año, que podría añadir nuevas tensiones sobre la actividad económica. Al mismo tiempo, algunos impulsos recientes, como el auge cafetero, difícilmente se repetirán.
El contexto no podría ser más desafiante. A las tensiones económicas se suma la incertidumbre de un año electoral. Además, la próxima administración recibirá unas finanzas públicas exigidas. El déficit fiscal cerró 2025 en 6,4 % y 3,5 % del PIB al excluir intereses, ubicándose entre los más altos en más de un siglo si se dejan por fuera los años de pandemia.
El reto es claro. Más allá de la coyuntura, Colombia necesita recuperar la inversión, contener la inflación y ordenar sus cuentas fiscales. Lograrlo exigirá decisiones difíciles, pero inevitables si se quiere construir una senda de crecimiento sostenible.
Equipo Económico de ANIF
